lunes, 2 de diciembre de 2019

¿ES LA MASONERÍA UNA IDEOLOGÍA?


Por Cuauhtémoc D. Molina García

En la tradición de las logias latinoamericanas suele insistirse, de manera más que recurrente, en la cantilena de que “la” masonería “es” una ideología, o cuando menos, que ella posee una ideología. Ambos enunciados son falsos de origen, naturaleza y consecuencia. Son falsos origen, porque ya se aprecie a la ideología como una serialidad de ideas que una persona tiene respecto de sus objetos de interés o incluso hasta como una doctrina, o ya se le mire como se afirma en las ciencias sociales, como una representación acerca de la sociedad y sus estructuras —con su consecuente programa de acción, necesariamente político— la noción de ideología no se asoma ni por curiosidad al campo de lo masónico. Son enunciados falsos por naturaleza, porque la ideología —término acuñado por Destutt de Tracy en 1801— evoluciona epistemológicamente hacia apreciaciones claramente económicas y políticas con Marx y con Engels, quienes en su Ideología alemana (1846) la postulan como una crítica a las estructuras sociales derivadas del modo de producción capitalista y esto aleja a la Masonería  de estos linderos a los cuales no se acerca ni siquiera por casualidad.

Por último, son enunciados falsos porque una ideología, vista como sistema de ideas, es decir, de apariencias formales, definen un modo de pensar claramente político, también religioso, cultural o de cualquier otra índole, pero en todos los casos se trata de un modo de pensamiento más bien identitario que necesariamente deviene en reduccionismos que simplifican la realidad y que acaba en lo que Gianni Volttimo llamaba un «pensamiento débil».[1] Esta última observación quizá requiera preguntarnos si el pensar masónico es un modo de pensar débil en sí mismo, y habría que señalar, siguiendo a Volttimo, que un pensamiento débil es un pensamiento de sugerencias, de opiniones, interpretativo y por lo mismo subjetivo que ubica sus enunciados en expresiones del tipo «yo creo, yo pienso, yo considero» y que por lo tanto carece de objetividad y de consistencia lógica y empírica.

En realidad, el ámbito natural de vivencia y desempeño de las ideologías es la política y por ello constituyen un instrumento ideal para la procura y preservación del poder; por esta razón, las ideologías son una herramienta crucial de los partidos políticos los que las utilizan, tanto para representar su visión parcial de la realidad social, como para conseguir y preservar el poder y ejercer así la dominación de unos sobre otros. Una ideología es, por lo tanto, un aparejo crítico de las clases sociales dominantes, en palabras de Antonio Gramsci.

Con estas ideas en perspectiva, bueno sería plantearnos la cuestión acerca de si la masonería es una ideología o si postula una ideología o no. En este sentido, surgen otras preguntas preliminares, cuyas respuestas quizá nos aproximen a conocer, o cuando menos a percibir, la naturaleza esencial de la masonería. Incluso, habrá que definir el tipo de masonería de la que hablamos, pues la regular es una y la curiosamente denominada «liberal» es otra.

Primero, indaguemos si la masonería es un sistema de pensamiento o no lo es. La Gran Logia Unida de Inglaterra —paradigma de la regularidad masónica fundacional— define la masonería como «un peculiar sistema de moralidad velado por alegorías e ilustrado por medio de símbolos». Tenemos ante nosotros un sistema de moralidad, más que un esquema de filosofía moral; deducimos que hay pensamientos pero quizá no un sistema de pensamiento estructurado a la manera de un sistema filosófico, racional y coherentemente lógico. El que este velado u oculto por alegorías y que sea revelado o destapado por medio de símbolos, conduce a pensar que lo que caracteriza a la masonería es la interpretación y la conjetura, es decir, la opinión personal de cada masón, un hipotético pensador. Desde luego que un masón piensa, pero ello no significa que la sustancia masónica, objeto de su pensamiento, sea en si misma un sistema de pensamiento y, si lo es, seria necesariamente un pensamiento subjetivo, puesto que es conjetural y opinal. Se trata, por lo tanto —y en palabras de Volttimo— de un pensamiento débil. No es por lo mismo un pensamiento filosófico en sentido estricto, puesto que este tipo de pensamiento es necesariamente objetivo y se arma con los cimientos de la lógica y del argumento. Ciertamente no es lo mismo pensar que filosofar. Todos pensamos, pero no todos filosofamos, y de hecho pensamos bien e inteligentemente, no somos tontos ni deficientes mentales, pero nuestros pensamientos, por profundos que sean algunos de ellos, no implican que por ese motivo sean pensamientos filosóficos. Entonces, si el pensamiento masónico es conjetural e interpretativo —por su naturaleza simbólica, iniciática y esotérica— es necesariamente un pensamiento muy personal, puesto que nace en la opinión e interpretación de cada masón y a menudo se relaciona bastante con realizaciones y experiencias personales de carácter espiritual, iniciático y en algunos casos devienen de la iluminación interior de los sujetos.

Por su parte, la masonería francesa, específicamente la denominada “liberal y adogmática” del Gran Oriente de Francia (GOF), interpreta de modo muy particular su noción de masonería. El GOF asume los siguientes puntos clave para diferenciarse de lo que ellos llaman la masonería “dogmática”, que es justamente la masonería regular y fundacional, la del origen.[2]

1.     El principio de libertad absoluta de conciencia, lo que significa que sus miembros pueden ser creyentes o no, agnósticos o incluso ateos.
2.     La defensa de las instituciones y de los ideales laicos como medio para garantizar la libertad de todos.
3.     Sus valores republicanos y sociales, la transformación social es un objetivo masónico central del GOF.

No obstante la racionalidad impregnada en los tres puntos citados, el GOF afirma paradójicamente ser una institución iniciática que tiene como objetivo la búsqueda de la verdad, el estudio filosófico de la conducta humana y el fomento del desarrollo social y moral del ser humano. Si una institución se define como iniciática, ¿cómo puede admitir la posibilidad del agnosticismo y del ateísmo entre sus miembros? Por otro lado, el GOF se allega de objetivos francamente civiles y profanos —que bien podrían ubicarse en organizaciones no gubernamentales, académicas, políticas o activistas—. Incluso, el objetivo de la «transformación social» deviene en el orden de la ideología marxista original y de la idea de que la transformación del hombre conlleva necesariamente a la mutación social. Sin embargo, la transformación interior de un agnóstico, o de un ateo, bien puede lograrse mediante intervenciones y terapias psicologistas y no precisamente en el ámbito de una escuela iniciática, cuyos componentes esenciales no son, ni deben ser necesariamente religiosos, sino básicamente espirituales. A nadie, en el seno de una organización masónica regular, se le obliga a postular una creencia religiosa. La existencia de Dios —no la creencia en Él— es una convicción advertida desde las entrevistas de selección de los candidatos, y éstos eligen tomarla o no. Por lo tanto, la descalificación de dogmatismo no tiene cabida entre nosotros.

La Gran Logia Unida Mexicana de Veracruz, en su Constitución, establece que «la Masonería es la Institución Orgánica de la moralidad, comprendida como uno de los elementos del ideal de la humanidad. Su objeto es disipar la ignorancia, combatir el vicio e inspirar el amor a la humanidad». Además, precisa que:

Son sus principios: la Moral Universal y la Ley Natural, dictadas por la Razón y definidas por la Ciencia. Reconoce al Ser Supremo, no admite más diferencia entre los hombres que el mérito y el demérito; a nadie rechaza por sus creencias u opiniones y no da cabida a debates de religión ni de política.[3]

Más allá de confundir a la Masonería con la Institución social —la Gran Logia— y de no distinguir con precisión lógica el contenido del continente, la noción de «Moral Universal» concita la idea de que ésta existe como un conjunto de valores que implican principios y prescripciones —lo que debe y lo que no debe hacerse— que los individuos de una comunidad en particular consideran como válidos, o cuando menos como razonablemente aceptables. Por tanto, cada sociedad bien puede postular una moralidad diferenciada una de otra por rasgos culturales e históricos. Esto quiere decir que los valores que son altamente apreciados en una cultura, pueden no serlo en otra. La pregunta que los masones deben hacerse —aquellos que reclaman que la masonería es una ideología— es muy clara: ¿Existe una moral universal tal que pueda ser innata en el código genético de la humanidad en todo tiempo y lugar?

La ética es la reflexión filosófica sobre la moral y las moralidades comunitarias, culturalmente perfiladas en la historia, y desde el punto de vista de esta disciplina filosófica —la ética— debemos distinguir entre los valores, como entes universales, o aparentemente universales, y las valoraciones que hacemos de ellos. Los individuos eligen entre un valor y otro y al elegir no pueden hacer a un lado sus propios juicios de valor que están definidos por historias y trayectorias de vida tan personales como diferentes. Por tanto, la noción de moral universal queda en entredicho, al menos si se le quiere considerar como un postulado filosófico.

A la Moral Universal le dictan la razón y la ley natural, se dice. Bueno, pues por medio de la razón ya hemos argumentado que la moral universal, como tal, no existe; pero si además de este galimatías añadimos el naturalismo, lo que tenemos es un discurso ideológico incoherente, si se le relaciona con los otros enunciados del artículo constitucional que comento. ¿Por qué es un galimatías? Porque el naturalismo —movimiento filosófico y artístico francés— sostiene que todo lo que existe tiene un origen natural; esto es, afirma que la naturaleza es el principio de todo aquello que es real y existente. Entonces, ¿cómo se concilia esto con el hecho de que «la masonería reconoce al Ser Supremo»? Si reconoce al Ser Supremo —Dios, Gran Arquitecto del Universo— ¿cuál es el papel de Dios en la historia y en el mundo? Es evidente la inconsistencia lógica entre estos preceptos que a muchos masones entusiasma, pero que una lectura analítica más de fondo demuele más pronto que tarde, evidenciando que es mero discurso ideológico y pseudomasónico. La masonería no puede pretender un naturalismo sin caer en profundas contradicciones lógicas y conceptuales. 

Por otro lado, disipar la ignorancia, combatir el vicio e inspirar el amor a la humanidad como principios masónicos, es claro que son muy aceptables, pero siempre queda la pregunta de cómo pueden ser logrados estos objetivos, a menudo muy perdidos en la perspectiva de corto y mediano plazo de los masones y de sus logias del día a día. Ningún presidente de logia o de Gran Logia tienen en mente estos enunciados como  guías para formular sus planes y programas de trabajo. Es más, presiden sus organizaciones sin planes de trabajo.

¿Es la masonería una doctrina? ¿Posee una doctrina? Si definimos una doctrina como un cuerpo de enseñanzas, entonces la masonería si posee una doctrina. Las instituciones que ofrecen una doctrina a sus seguidores, o adeptos, a menudo sostienen también un sistema más o menos estructurado de creencias que pueden fácilmente ser tomadas, o confundidas, con dogmas. Las creencias distan mucho de ser saberes o conocimientos, pues una creencia supone que un sujeto asiente y se muestra conforme con una idea que no necesariamente ha sido demostrada o suficientemente argumentada. Por ello, se acepta que las creencias son constructos socializados de conceptos e ideas que ayudan a organizar la percepción que los individuos tienen de partes del mundo o de la totalidad social en que viven. Muchas creencias, incluso las creencias masónicas, poseen componentes míticos y religiosos, pero las hay que carecen de estos elementos y se presentan como creencias racionalizadas, como es el caso de las hipótesis que orientan una investigación científica. Las ideologías son, de hecho, sistemas de creencias altamente socializadas y estrechamente vinculadas a grupos sociales de poder o que buscan el poder y su preservación. Si quienes afirman que la masonería es una ideología son capaces de demostrar que las organizaciones masónicas han sido instituidas para buscar el poder y ejercerlo para “transformar la realidad social”, son capaces de demostrarlo, entonces estas líneas carecen de sentido. Pero en este paper niego que la masonería sea una ideología y decir lo contrario es tanto como enarbolar una falacia y un soberbio disparate. 

¿Es la masonería una filosofía? Si partimos de los elementos que definen el pensamiento masónico, derivado del simbolismo de sus emblemas y alegorías ritualísticas, debemos concluir que la masonería posee un pensamiento filosófico, ya magistralmente explicado por el gran filosofo  y masón alemán J. G. Fichte., quien en el siglo XIX escribió su ensayo «Filosofía de la Masonería». Aquí solo me limitaré a señalar algunos enunciados que servirán para futuras reflexiones:

·      Existe una concepción masónica del hombre
·      Existe una concepción masónica de la sociedad
·      Existe una concepción masónica de otros objetos sociales como el Estado, las iglesias, las religiones, la espiritualidad, etc.
·      Existe una concepción masónica del Creador y Su creación
·      Existe una concepción masónica de la inmortalidad del alma
·      Existe una concepción masónica del recto proceder…

Si la masonería es o no una filosofía, si posee o no un pensamiento lógicamente estructurado y argumentado en orientación a su validez, es ese un asunto que merece amplia meditación. En este sentido, mejor recomiendo la lectura del ensayo de Fichte y el de nuestro hermano Giuliano di Bernardo, igualmente titulado «Filosofía de la Masonería», quien habiendo sido Gran Maestro del Gran Oriente de Italia es, además, profesor de filosofía de la ciencia, lo cual ya constituye de antemano una garantía de seriedad intelectual y filosófica. Di Bernardo hace en él un «profundo análisis sobre los orígenes y símbolos de la Masonería y especialmente traza el paralelismo entre la Filosofía y la Masonería, reiteradamente acusada de ser incompatible con las religiones y destacadamente con la Iglesia Católica Romana».[4]

Presento la idea central del documento, igualmente céntrico, de la masonería moderna inaugurada por la Gran Logia de Inglaterra de 1723, en cuyas Constituciones, en el apartado de los «Ancient Charges», el pastor presbiteriano James Anderson, despojando a la Gran Logia de todo énfasis cristiano institucional, y saludando los nuevos aires de tolerancia y universalidad del Siglo de las Luces, asienta que:

I. De Dios y de la Religión
El Masón está obligado por su carácter a obedecer la ley moral, y si
debidamente comprende el Arte, no será jamás un estúpido ateo ni un libertino
irreligioso. Pero aunque en tiempos antiguos los masones estaban
obligados a pertenecer a la religión dominante en su país, cualquiera que
fuere, se considera hoy mucho más conveniente obligarlos tan sólo a profesar
aquella religión que todo hombre acepta, dejando a cada uno libre en
sus individuales opiniones; es decir, que han de ser hombres probos y rectos,
de honor y honradez, cualquiera que sea el credo o denominación que
los distinga. De esta suerte la Masonería es el Centro de Unión y el medio
de conciliar verdadera Fraternidad entre personas que hubieran permanecido
perpetuamente distanciadas.

James Anderson incluye varios puntos esenciales, si se les mira desde la óptica del Siglo de las Luces: la Ilustración europea del Siglo XVIII. Comprender el Arte masónico es entender la esencia del espíritu fundacional de la nueva masonería, la masonería que nace para ser evocada desde la perspectiva del pensamiento formulado desde los símbolos, las alegorías, los emblemas y las historias o leyendas inspiradas en el constructivismo arquitectónico. Este constructivismo esta análogamente orientado a la construcción del hombre, visto éste como un Templo de Dios en la Tierra, citando la frase paulina. Si el masón comprende esto, no puede ser de modo alguno un estúpido ateo y menos un libertino irreligioso. Y ahora, sin estar obligado a ser cristiano —católico o protestante— se les obliga únicamente a profesar «aquella religión que todo hombre acepta» dejando a cada uno libre en sus opiniones personales.

Un masón debe ser un hombre probo y recto, honorable y honrado, no importa si es musulmán, judío, sintoísta, presbiteriano calvinista, metodista o católico romano. No debe ser un libertino irreligioso, es decir, un agnóstico esnobista o un ateo postulante. De esta manera, la Masonería —es decir, el espacio masónico instalado en la Logia— se convierte en un «Centro de la Unión» donde se concilia —y reconcilia, digo yo— la verdadera Fraternidad entre individuos que, de otro modo, hubieran permanecido perpetuamente distanciadas.

Hay que entender el clima de intolerancia que permeó el siglo anterior, derivado de las sangrientas luchas entre católicos y hugonotes, como se les moteó a los presbiterianos calvinistas antes y después del renombrado Edicto de Nantes, sobre todo después de su revocación. Inglaterra vivió en carne propia las controversias del fanatismo religioso, de la intolerancia y de la obcecación entre la Iglesia Romana y la Iglesia Nacional de Escocia. La emergencia de la Gran Logia de Londres de 1717 fue el producto de la renovada visión de la Ilustración que abrió las puertas de la tolerancia, de la libertad del pensamiento y de un clima que permitía que todos los hombres —sin cuenta de sus ideas, creencias, razas, clases sociales, ideologías u opiniones— pudieran convivir como hermanos en un espacio como el masónico. No había, ni hubo en ese entonces, algo parecido a la Masonería que fuera capaz de proporcionar ese ambiente idóneo para promover y cimentar el crecimiento y el mejor desarrollo del espíritu humano.

A manera de conclusión, precisa decir que la Masonería no es ni puede una ideología; tampoco puede sostenerse que ella posea una ideología. La propuesta de Anderson de ver la Masonería como el «Centro de la Unión» abre, por el contrario, la posibilidad de que en ese espacio de apertura tolerante y liberal convivan todos los hombres, independientemente de sus creencias, convicciones, opiniones e ideologías. El Centro de la Unión cancela tomar partido o asumir una corriente, que de hacerlo, cancelaria de facto la libertad que concita el Centro de la Unión. Esta conclusión es corta, pero considero es contundente. La Masonería no es ni puede ser, una ideología.














[1] Volttimo, Gianni (2013). De la realidad, fines de la filosofía. Herder, p. 234-245.
[2] No se incluye aquí ni a la Gran Logia de Francia, ni a la Gran Logia Nacional Francesa, incluso tampoco al Derecho Humano.
[3] Artículo 1, numerales I y II de la Constitución de la Gran Logia Unida Mexicana de Veracruz.
[4] Presentación de Luis i Gusils, Gran Maestro de la Gran Logia de España. Ver Giuliano di Bernardo en http://www.derechopenalenlared.com/libros/Filosofia_de_la_Masoner%C3%ADa_Giuliano_Di_Bernardo.pdf

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