Por Cuauhtémoc D. Molina García
En la tradición de las
logias latinoamericanas suele insistirse, de manera más que recurrente, en la cantilena
de que “la” masonería “es” una ideología, o cuando menos, que ella posee una
ideología. Ambos enunciados son falsos de origen, naturaleza y consecuencia. Son
falsos origen, porque ya se aprecie a la ideología como una serialidad de ideas
que una persona tiene respecto de sus objetos de interés o incluso hasta como
una doctrina, o ya se le mire como se afirma en las ciencias sociales, como una
representación acerca de la sociedad y sus estructuras —con su consecuente
programa de acción, necesariamente político— la noción de ideología no se asoma
ni por curiosidad al campo de lo masónico. Son enunciados falsos por naturaleza,
porque la ideología —término acuñado por Destutt de Tracy en 1801— evoluciona
epistemológicamente hacia apreciaciones claramente económicas y políticas con
Marx y con Engels, quienes en su Ideología
alemana (1846) la postulan como una crítica a las estructuras sociales
derivadas del modo de producción capitalista y esto aleja a la Masonería de estos linderos a los cuales no se acerca
ni siquiera por casualidad.
Por último, son enunciados
falsos porque una ideología, vista como sistema de ideas, es decir, de
apariencias formales, definen un modo de pensar claramente político, también
religioso, cultural o de cualquier otra índole, pero en todos los casos se
trata de un modo de pensamiento más bien identitario que necesariamente deviene
en reduccionismos que simplifican la realidad y que acaba en lo que Gianni
Volttimo llamaba un «pensamiento débil».[1] Esta última observación
quizá requiera preguntarnos si el pensar masónico es un modo de pensar débil en
sí mismo, y habría que señalar, siguiendo a Volttimo, que un pensamiento débil
es un pensamiento de sugerencias, de opiniones, interpretativo y por lo mismo
subjetivo que ubica sus enunciados en expresiones del tipo «yo creo, yo pienso,
yo considero» y que por lo tanto carece de objetividad y de consistencia lógica
y empírica.
En realidad, el ámbito natural
de vivencia y desempeño de las ideologías es la política y por ello constituyen
un instrumento ideal para la procura y preservación del poder; por esta razón,
las ideologías son una herramienta crucial de los partidos políticos los que
las utilizan, tanto para representar su visión parcial de la realidad social,
como para conseguir y preservar el poder y ejercer así la dominación de unos
sobre otros. Una ideología es, por lo tanto, un aparejo crítico de las clases sociales
dominantes, en palabras de Antonio Gramsci.
Con estas ideas en
perspectiva, bueno sería plantearnos la cuestión acerca de si la masonería es
una ideología o si postula una ideología o no. En este sentido, surgen otras
preguntas preliminares, cuyas respuestas quizá nos aproximen a conocer, o
cuando menos a percibir, la naturaleza esencial de la masonería. Incluso, habrá
que definir el tipo de masonería de la que hablamos, pues la regular es una y
la curiosamente denominada «liberal» es otra.
Primero, indaguemos si la
masonería es un sistema de pensamiento
o no lo es. La Gran Logia Unida de Inglaterra —paradigma de la regularidad
masónica fundacional— define la masonería como «un peculiar sistema de moralidad velado por alegorías e ilustrado por
medio de símbolos». Tenemos ante nosotros un sistema de moralidad, más que un esquema de filosofía moral;
deducimos que hay pensamientos pero quizá no un sistema de pensamiento
estructurado a la manera de un sistema filosófico, racional y coherentemente
lógico. El que este velado u oculto por alegorías y que sea revelado o
destapado por medio de símbolos, conduce a pensar que lo que caracteriza a la
masonería es la interpretación y la
conjetura, es decir, la opinión personal de cada masón, un hipotético pensador.
Desde luego que un masón piensa, pero ello no significa que la sustancia
masónica, objeto de su pensamiento, sea en si misma un sistema de pensamiento
y, si lo es, seria necesariamente un pensamiento subjetivo, puesto que es
conjetural y opinal. Se trata, por lo tanto —y en palabras de Volttimo— de un pensamiento débil. No es por lo mismo un
pensamiento filosófico en sentido
estricto, puesto que este tipo de pensamiento es necesariamente objetivo y se
arma con los cimientos de la lógica y del argumento. Ciertamente no es lo mismo
pensar que filosofar. Todos pensamos, pero no todos filosofamos, y de hecho
pensamos bien e inteligentemente, no somos tontos ni deficientes mentales, pero
nuestros pensamientos, por profundos que sean algunos de ellos, no implican que
por ese motivo sean pensamientos filosóficos. Entonces, si el pensamiento
masónico es conjetural e interpretativo —por su naturaleza simbólica,
iniciática y esotérica— es necesariamente un pensamiento muy personal, puesto
que nace en la opinión e interpretación de cada masón y a menudo se relaciona
bastante con realizaciones y experiencias personales de carácter espiritual,
iniciático y en algunos casos devienen de la iluminación interior de los
sujetos.
Por su parte, la masonería
francesa, específicamente la denominada “liberal y adogmática” del Gran Oriente
de Francia (GOF), interpreta de modo muy particular su noción de masonería. El
GOF asume los siguientes puntos clave para diferenciarse de lo que ellos llaman
la masonería “dogmática”, que es justamente la masonería regular y fundacional,
la del origen.[2]
1.
El
principio de libertad absoluta de conciencia, lo que significa que sus miembros
pueden ser creyentes o no, agnósticos o incluso ateos.
2.
La
defensa de las instituciones y de los ideales laicos como medio para garantizar
la libertad de todos.
3.
Sus
valores republicanos y sociales, la transformación social es un objetivo
masónico central del GOF.
No obstante la racionalidad
impregnada en los tres puntos citados, el GOF afirma paradójicamente ser una
institución iniciática que tiene como objetivo la búsqueda de la verdad, el
estudio filosófico de la conducta humana y el fomento del desarrollo social y
moral del ser humano. Si una institución se define como iniciática, ¿cómo puede
admitir la posibilidad del agnosticismo y del ateísmo entre sus miembros? Por
otro lado, el GOF se allega de objetivos francamente civiles y profanos —que
bien podrían ubicarse en organizaciones no gubernamentales, académicas,
políticas o activistas—. Incluso, el objetivo de la «transformación social»
deviene en el orden de la ideología marxista original y de la idea de que la
transformación del hombre conlleva necesariamente a la mutación social. Sin
embargo, la transformación interior de un agnóstico, o de un ateo, bien puede
lograrse mediante intervenciones y terapias psicologistas y no precisamente en
el ámbito de una escuela iniciática, cuyos componentes esenciales no son, ni
deben ser necesariamente religiosos, sino básicamente espirituales. A nadie, en
el seno de una organización masónica regular, se le obliga a postular una
creencia religiosa. La existencia de Dios
—no la creencia en Él— es una convicción advertida desde las entrevistas de
selección de los candidatos, y éstos eligen tomarla o no. Por lo tanto, la
descalificación de dogmatismo no tiene cabida entre nosotros.
La Gran Logia Unida Mexicana
de Veracruz, en su Constitución, establece que «la Masonería es la Institución
Orgánica de la moralidad, comprendida como uno de los elementos del ideal de la
humanidad. Su objeto es disipar la ignorancia, combatir el vicio e inspirar el
amor a la humanidad». Además, precisa que:
Son
sus principios: la Moral Universal y la Ley Natural, dictadas por la Razón y
definidas por la Ciencia. Reconoce al Ser Supremo, no admite más diferencia
entre los hombres que el mérito y el demérito; a nadie rechaza por sus
creencias u opiniones y no da cabida a
debates de religión ni de política.[3]
Más allá de confundir a la
Masonería con la Institución social —la Gran Logia— y de no
distinguir con precisión lógica el contenido
del continente, la noción de
«Moral Universal»
concita la idea de que ésta existe como un conjunto de valores que implican
principios y prescripciones —lo que debe y lo que no debe hacerse— que los
individuos de una comunidad en particular consideran como válidos, o cuando
menos como razonablemente aceptables. Por tanto, cada sociedad bien puede
postular una moralidad diferenciada una de otra por rasgos culturales e
históricos. Esto quiere decir que los valores que son altamente apreciados en
una cultura, pueden no serlo en otra. La pregunta que los masones deben hacerse
—aquellos que reclaman que la masonería es una ideología— es muy clara: ¿Existe
una moral universal tal que pueda ser innata en el código genético de la
humanidad en todo tiempo y lugar?
La
ética es la reflexión filosófica sobre la moral y las moralidades comunitarias,
culturalmente perfiladas en la historia, y desde el punto de vista de esta
disciplina filosófica —la ética— debemos distinguir entre los valores, como
entes universales, o aparentemente universales, y las valoraciones que hacemos
de ellos. Los individuos eligen entre un valor y otro y al elegir no pueden
hacer a un lado sus propios juicios de valor que están definidos por historias
y trayectorias de vida tan personales como diferentes. Por tanto, la noción de
moral universal queda en entredicho, al menos si se le quiere considerar como
un postulado filosófico.
A
la Moral Universal le dictan la razón y
la ley natural, se dice. Bueno, pues por medio de la razón ya hemos
argumentado que la moral universal, como tal, no existe; pero si además de este
galimatías añadimos el naturalismo, lo
que tenemos es un discurso ideológico incoherente, si se le relaciona con los
otros enunciados del artículo constitucional que comento. ¿Por qué es un
galimatías? Porque el naturalismo
—movimiento filosófico y artístico francés— sostiene que todo lo que existe
tiene un origen natural; esto es, afirma que la naturaleza es el principio de
todo aquello que es real y existente. Entonces, ¿cómo se concilia esto con el
hecho de que «la masonería reconoce al Ser Supremo»? Si
reconoce al Ser Supremo —Dios, Gran
Arquitecto del Universo— ¿cuál es el papel de Dios en la historia y en el
mundo? Es evidente la inconsistencia lógica entre estos preceptos que a muchos
masones entusiasma, pero que una lectura analítica más de fondo demuele más
pronto que tarde, evidenciando que es mero discurso ideológico y pseudomasónico.
La masonería no puede pretender un naturalismo sin caer en profundas
contradicciones lógicas y conceptuales.
Por
otro lado, disipar la ignorancia, combatir el vicio e inspirar el amor a la
humanidad como principios masónicos, es claro que son muy aceptables, pero
siempre queda la pregunta de cómo pueden ser logrados estos objetivos, a menudo
muy perdidos en la perspectiva de corto y mediano plazo de los masones y de sus
logias del día a día. Ningún presidente de logia o de Gran Logia tienen en
mente estos enunciados como guías para
formular sus planes y programas de trabajo. Es más, presiden sus organizaciones
sin planes de trabajo.
¿Es
la masonería una doctrina? ¿Posee una
doctrina? Si definimos una doctrina como un cuerpo de enseñanzas, entonces la
masonería si posee una doctrina. Las instituciones que ofrecen una doctrina a
sus seguidores, o adeptos, a menudo sostienen también un sistema más o menos
estructurado de creencias que pueden
fácilmente ser tomadas, o confundidas, con dogmas.
Las creencias distan mucho de ser saberes o conocimientos, pues una creencia
supone que un sujeto asiente y se muestra conforme con una idea que no
necesariamente ha sido demostrada o suficientemente argumentada. Por ello, se
acepta que las creencias son constructos
socializados de conceptos e ideas que ayudan a organizar la percepción que los
individuos tienen de partes del mundo o de la totalidad social en que viven.
Muchas creencias, incluso las creencias masónicas, poseen componentes míticos y
religiosos, pero las hay que carecen de estos elementos y se presentan como creencias racionalizadas, como es el
caso de las hipótesis que orientan una investigación científica. Las ideologías
son, de hecho, sistemas de creencias altamente socializadas y estrechamente
vinculadas a grupos sociales de poder o que buscan el poder y su preservación. Si
quienes afirman que la masonería es una ideología son capaces de demostrar que
las organizaciones masónicas han sido instituidas para buscar el poder y
ejercerlo para “transformar la realidad social”, son capaces de demostrarlo,
entonces estas líneas carecen de sentido. Pero en este paper niego que la masonería sea una ideología y decir lo contrario
es tanto como enarbolar una falacia y un soberbio disparate.
¿Es
la masonería una filosofía? Si partimos de los elementos que definen el
pensamiento masónico, derivado del simbolismo de sus emblemas y alegorías
ritualísticas, debemos concluir que la masonería posee un pensamiento
filosófico, ya magistralmente explicado por el gran filosofo y masón alemán J. G. Fichte., quien en el
siglo XIX escribió su ensayo «Filosofía
de la Masonería».
Aquí solo me limitaré a señalar algunos enunciados que servirán para futuras
reflexiones:
· Existe una concepción
masónica del hombre
· Existe una concepción
masónica de la sociedad
· Existe una concepción
masónica de otros objetos sociales como el Estado, las iglesias, las
religiones, la espiritualidad, etc.
· Existe una concepción
masónica del Creador y Su creación
· Existe una concepción
masónica de la inmortalidad del alma
· Existe una concepción
masónica del recto proceder…
Si la masonería es o no una
filosofía, si posee o no un pensamiento lógicamente estructurado y argumentado
en orientación a su validez, es ese un asunto que merece amplia meditación. En
este sentido, mejor recomiendo la lectura del ensayo de Fichte y el de nuestro
hermano Giuliano di Bernardo, igualmente titulado «Filosofía
de la Masonería»,
quien habiendo sido Gran Maestro del Gran
Oriente de Italia es, además, profesor de filosofía de la ciencia, lo cual
ya constituye de antemano una garantía de seriedad intelectual y filosófica. Di
Bernardo hace en él un «profundo
análisis sobre los orígenes y símbolos de la Masonería y especialmente
traza el paralelismo entre la Filosofía y la Masonería, reiteradamente
acusada de ser incompatible con las religiones y destacadamente con la Iglesia Católica
Romana».[4]
Presento
la idea central del documento, igualmente céntrico, de la masonería moderna
inaugurada por la Gran Logia de Inglaterra de 1723, en cuyas Constituciones, en
el apartado de los «Ancient Charges», el
pastor presbiteriano James Anderson, despojando a la Gran Logia de todo énfasis
cristiano institucional, y saludando los nuevos aires de tolerancia y
universalidad del Siglo de las Luces, asienta que:
I. De Dios y de la Religión
El Masón está obligado por su carácter a obedecer la ley moral, y si
debidamente comprende el Arte, no será jamás un estúpido ateo ni un
libertino
irreligioso. Pero aunque en tiempos antiguos los masones estaban
obligados a pertenecer a la religión dominante en su país, cualquiera que
fuere, se considera hoy mucho más conveniente obligarlos tan sólo a
profesar
aquella religión que todo hombre acepta, dejando a cada uno libre en
sus individuales opiniones; es decir, que han de ser hombres probos y
rectos,
de honor y honradez, cualquiera que sea el credo o denominación que
los distinga. De esta suerte la Masonería es el Centro de Unión y el medio
de conciliar verdadera Fraternidad entre personas que hubieran permanecido
perpetuamente distanciadas.
James Anderson incluye varios
puntos esenciales, si se les mira desde la óptica del Siglo de las Luces: la
Ilustración europea del Siglo XVIII. Comprender el Arte masónico es entender la
esencia del espíritu fundacional de
la nueva masonería, la masonería que nace para ser evocada desde la perspectiva
del pensamiento formulado desde los símbolos, las alegorías, los emblemas y las
historias o leyendas inspiradas en el constructivismo arquitectónico. Este
constructivismo esta análogamente orientado a la construcción del hombre, visto
éste como un Templo de Dios en la Tierra, citando la frase paulina. Si el masón
comprende esto, no puede ser de modo alguno un estúpido ateo y menos un libertino irreligioso. Y ahora, sin estar
obligado a ser cristiano —católico o protestante— se les obliga únicamente a
profesar «aquella
religión que todo hombre acepta» dejando a cada uno libre en sus opiniones
personales.
Un masón debe ser un hombre probo y recto, honorable y honrado, no
importa si es musulmán, judío, sintoísta, presbiteriano calvinista, metodista o
católico romano. No debe ser un libertino irreligioso, es decir, un agnóstico
esnobista o un ateo postulante. De esta manera, la Masonería —es decir, el
espacio masónico instalado en la Logia— se convierte en un «Centro de la Unión» donde se
concilia —y reconcilia, digo yo— la verdadera Fraternidad entre individuos que,
de otro modo, hubieran permanecido
perpetuamente distanciadas.
Hay que entender el clima de
intolerancia que permeó el siglo anterior, derivado de las sangrientas luchas
entre católicos y hugonotes, como se les moteó a los presbiterianos calvinistas
antes y después del renombrado Edicto de Nantes, sobre todo después de su
revocación. Inglaterra vivió en carne propia las controversias del fanatismo religioso,
de la intolerancia y de la obcecación entre la Iglesia Romana y la Iglesia Nacional
de Escocia. La emergencia de la Gran Logia de Londres de 1717 fue el producto
de la renovada visión de la Ilustración que abrió las puertas de la tolerancia,
de la libertad del pensamiento y de un clima que permitía que todos los hombres
—sin cuenta de sus ideas, creencias, razas, clases sociales, ideologías u
opiniones— pudieran convivir como hermanos en un espacio como el masónico. No
había, ni hubo en ese entonces, algo parecido a la Masonería que fuera capaz de
proporcionar ese ambiente idóneo para promover y cimentar el crecimiento y el
mejor desarrollo del espíritu humano.
A manera de conclusión,
precisa decir que la Masonería no es ni puede una ideología; tampoco puede
sostenerse que ella posea una ideología. La propuesta de Anderson de ver la
Masonería como el «Centro de la
Unión» abre,
por el contrario, la posibilidad de que en ese espacio de apertura tolerante y
liberal convivan todos los hombres, independientemente de sus creencias,
convicciones, opiniones e ideologías. El Centro
de la Unión cancela tomar partido o asumir una corriente, que de hacerlo,
cancelaria de facto la libertad que concita el Centro de la Unión. Esta conclusión es corta, pero considero es
contundente. La Masonería no es ni puede ser, una ideología.
[1] Volttimo, Gianni
(2013). De la realidad, fines de la
filosofía. Herder, p. 234-245.
[2] No se incluye aquí ni a
la Gran Logia de Francia, ni a la Gran Logia Nacional Francesa, incluso
tampoco al Derecho Humano.
[3] Artículo 1, numerales I
y II de la Constitución de la Gran Logia Unida Mexicana de Veracruz.
[4] Presentación de Luis i
Gusils, Gran Maestro de la Gran Logia de España. Ver Giuliano di Bernardo en http://www.derechopenalenlared.com/libros/Filosofia_de_la_Masoner%C3%ADa_Giuliano_Di_Bernardo.pdf

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